MISCELÁNEAS MISCELÁNEAS: Un día feriado en Buenos Aires
"No importa lo lento que vayas, siempre y cuando no te detengas."
- La sabiduría de Confucio

jueves, 31 de enero de 2013

Un día feriado en Buenos Aires

Hoy se dispuso feriado "por única vez" conmemorando el inicio de sesiones de la Asamblea del año XIII que entre otras cosas abolió la esclavitud.

El 31 mes de enero de 1813 inició sus sesiones la Asamblea General Constituyente -convocadas por el Triunvirato el año anterior- con dos objetivos muy claros: declarar la independencia y dictar una constitución para el estado naciente.


A pesar de no realizar los principales fines propuestos, la Asamblea se abocó al dictado de numerosas disposiciones fundamentales.

Promulgó leyes sobre la organización de la administración pública como un Reglamento de Justicia, creando las Cámaras de Apelaciones. Prohibió la aplicación de tormentos para investigación de la verdad.

Dispuso la creación de un órgano ejecutivo que concentraba todo el poder en una sola persona, con el nombre de Director, y un Consejo de Estado, con fines de asesoramiento al nuevo ejecutivo.

Mandó a abolir el escudo de Armas de España, y la efigie de los antiguos monarcas fue sustituida en las monedas por el escudo nacional. En los documentos públicos se suprimió toda invocación al rey de España, reemplazándola por “la soberanía de los pueblos, cuya voluntad representan los diputados”.

Estableció la libertad de vientres, que garantizaba la libertad e igualdad a todos los hijos de esclavas que nacieran en adelante en el territorio de las Provincias Unidas. Suprimió los títulos de nobleza y eliminó el mayorazgo, por el cual desde antiguo, heredaba toda la fortuna del padre el hijo mayor. Suprimió también las encomiendas y las mitas.

Por último declaró fiesta cívica al 25 de Mayo y encargó la composición de una canción patria, que sería nuestro himno nacional.

Si bien esta Asamblea no hizo la explícita declaración de la Independencia, su fecunda labor legislativa ratificó, indirectamente, la vocación independentista de los patriotas.


La ciudad es un horno la temperatura y la humedad se confabulan para mostrarnos el infierno que nos espera si seguimos por la mala senda.
Las cosas están tan mezcladas que no identificamos entre las sendas, cuál es cuál. 



Para zafar entro a un bar y la frescura del ambiente me cachetea sin piedad. Busco una mesa alejada de la ventana que da a la calle por temor a los efectos del afuera.
Un mozo cansado baya a saber de qué, arrastrando lasa piernas , se acerca a atenderme. Sólo pido un cortado y me quedo viendo el lugar. Pocas mesas y solo dos ocupadas, la mía y la de dos señoras que devoran masas con lo que creo que es té.
Al rato cuando estaba por retirarme ingresa una pareja veinteañera. Él no muy alto, tal vez uno setenta y cinco, trigueño, cutis blanco y bien vestido.Me llamaron la atención las zapatillas con que remataba su indumentaria. Por momentos me parecían como resplandeciente y por momentos esa imagen se apagaba. Ella una morocha , término medio en altura, cutis atezado lo que realzaba sus rasgos faciales tanto como para llamar la atención.
Sed sentaron a una distancia de un par de mesas de la que yo ocupaba , no exactamente frente a mí, sino más bien hacia uno de los costados.Los estuve contemplando disimuladamente gracias a un espejo del bar que me lo permitía.
No soy al extremo curioso, pero como no había nada que me distrajera tanto adentro como afuera, los observaba de soslayo y pude notar cierta tirantes entre ambos.
De acuerdo con lo que pidieron el mozo les sirvió sendos cafés. El joven le puso azúcar y revolvió nerviosamente el contenido. Ella parecía estar quieta , impasible y no haberse dado cuenta que le habían servido. No podía escuchar, dado la distancia, nada más que murmullos y así estuvieron largo rato.
El cielo se nubló, parecía que llovería de un momento a otro y afuera esporádicos transeúntes desfilaban por el frente sin animarse a entrar.
De pronto el susurro se interrumpió, los miré a través del espejo y los vi mirándose, contemplándose sin emitir palabra. Fueron muchos minutos los que estuvieron así, él desviando la mirada hacia abajo, o al costado y luego ella tratando de seguirlo.
No entendía la historia, pero una cosa era evidente, tenían una discusión y les dolía.
De pronto ella extendió su mano hacia él y le entregó algo que no pude divisar. Luego se levantó, el café intacto estaba frío, dio media vuelta y se dirigió a la salida.
El muchacho, parecía petrificado, se quedó quieto contemplándola hasta que salió y se perdió de vista.
No me atreví a seguir mirando, quise respetar su privacidad, ese momento que imaginé de dolor, pagué la cuenta y yo también me fui del bar.




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