DOCE PALABRAS

Cursaba el primer año en el Comercial de San Lorenzo.
En Contabilidad me tocó el Profesor Louau, que era de la Ciudad de Rosario.
Un profesional joven, cabello muy corto y usaba anteojos.
De carácter muy firme, imponía respeto a todo el aula.

Tenía un método de enseñanza muy práctico y que hacia de fácil comprensión cualquier tema.
Un ser muy estricto, que adolecía de una "particularidad": mandaba a rendir a casi el 80% del curso.
Recuerdo que a mí me mandó a diciembre.
Me sabía casi de memoria el Código de Comercio y toda la teoría, además no tenía ningún problema con la práctica.
Tal es así que me presenté a rendir sin siquiera haber repasado la materia y la aprobé cómodamente.

Tenía una claridad meridiana para enseñar, lo que hacía muy fácil el aprendizaje.
Como se adelantaba en el programa muchas veces la pasábamos repasando lecciones ya dadas.
Se sentaba en su escritorio frente a la clase, nos decía repasen y se ponía a leer el diario.
No permitía que habláramos y estaba atento para recordárnoslo.
En el aula se podía oír el volar de una mosca.

Un día nos enseñó las doce palabras que serían la llave de la "sabiduría" de la teneduría de libros.
Esas palabras no eran mágicas pero nos servirían para contabilizar cualquier operación que se nos presentara.
Es decir que sería un arma para confeccionar los asientos contables.
Algo muy complicado hecho muy simple.
La lista consta de dos columnas de seis palabras cada una.

En la columna izquierda: DEBE, Deudor, Debitar, Entra, Recibe, Pérdida.
En la columna derecha: HABER, Acreedor, Acreditar, Sale, Da, Ganancia.

Es decir que cuando analizamos y decimos ¿Quien recibe? la cuenta que responde a la misma se debita.
Y por el contrario si responde a ¿Quién da? dicha cuenta se acredita.
Del listado se desprende una obviedad: las pérdidas se debitan y las ganancias se acreditan.

Este profesor me enseñó la utilidad de ser práctico.
Con el paso del tiempo estas doce palabras me acompañaron primero en la facultad (me allanaron todas las dificultades de los ejercicios prácticos de la carrera) y después en el trabajo y en mi relación laboral con mis subalternos a los que les enseñé a usarlas.
Hoy ha pasado mucha agua bajo el puente y recuerdo con cariño a aquel profesor que me enseñó a pensar de una forma más simple y provechosa.
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